Un día en Sintra
2026-02-17

En febrero de 2026, mi hijo y yo cogimos el tren a Sintra para pasar el día de excursión con mi sobrino y mis dos sobrinos nietos. En cierto momento las casas empiezan a escasear y asoma la sierra, casi siempre con un poco de niebla en lo alto. Fue entonces cuando le conté la historia que sigue. El gigante y algunas leyendas son inventados, pero las rocas y los árboles son de verdad.
Mira bien por la ventanilla del tren. ¿Ves cómo va cambiando el paisaje? Las casas se van quedando atrás y, de repente, aparece una montaña envuelta en niebla, como si estuviera escondida por un hechizo. Este tren no nos lleva solo a un pueblo: es nuestra máquina del tiempo.
El gigante que no quiso ser volcán
Hace mucho, muchísimo tiempo, mucho antes de que hubiera reyes o castillos, incluso antes de que desaparecieran los dinosaurios (hace unos 80 millones de años), pasó algo mágico bajo el suelo que pisamos ahora. Imagínate que allá abajo, a unos cinco kilómetros de profundidad, el corazón de la Tierra se calentó tanto que formó una burbuja de fuego llamada magma. Esa burbuja quería subir, reventar por fuera y convertirse en un volcán ruidoso y destructor.
Pero la sierra de Sintra es especial. En vez de reventar, la burbuja decidió tener paciencia. Se quedó atrapada bajo tierra, arropada bajo una manta de rocas más blandas: calizas y areniscas. Y allí se quedó, enfriándose muy, muy despacito, durante millones de años. Como se enfrió sin prisa, el fuego se convirtió en cristales. Cada piedrecita de granito que vas a ver hoy es, en realidad, un equipo de cristalitos de cuarzo, feldespato y mica que crecieron juntos, abrazados, para formar la roca más fuerte del mundo, capaz de aguantar millones de años de lluvia y viento.
Después, la lluvia y el viento, como si desenvolvieran un regalo, fueron quitando la tierra de encima hasta que apareció el Gigante de Granito. Por eso la sierra tiene esas formas redondeadas, como si fueran los huesos de un gigante que se quedó dormido mirando al mar.
La promesa de la piedrecita
Me preguntaste si podías llevarte una piedrecita a casa, ¿a que sí? Imagínate que cada caballero, cada príncipe y cada niño que ha visitado Sintra en los últimos mil años se llevara una piedrecita en el bolsillo. ¡Si todos hicieran eso, el Gigante de Granito acabaría desapareciendo!
Las piedras de Sintra son las guardianas de sus recuerdos. Sintieron las espadas de los moros y los pasos del primer rey de Portugal. Si dejas la tuya allí, sigue formando parte de la historia. Pero tengo una idea mejor: buscamos la piedra más bonita, le hacemos una foto o la dibujamos, y la dejamos allí guardando nuestro secreto. Así, cuando vuelvas dentro de muchos años, seguirá allí esperándote, como una vieja amiga.
Los centinelas de la luna y el castillo en las nubes
Hace unos mil años, unos guerreros que venían de las tierras calurosas del norte de África, los moros, llegaron a esta sierra. Miraron hacia la cima del monte y pensaron: «Aquí construiremos nuestro nido de águilas». Llamaban a este lugar Xintara, que quiere decir algo así como la Estrella, o la Luna. Mucho antes que ellos, los romanos ya la llamaban la Sierra de la Luna.
Treparon por los peñascos de granito (los que dejó el gigante) y, piedra a piedra, levantaron las murallas que vas a ver hoy: el Castillo de los Moros. No tenían máquinas, solo la fuerza de sus brazos y las ganas de proteger a sus familias. Desde lo alto de esas murallas veían si llegaba algún barco por el mar o si alguien se acercaba por la llanura. ¡Vivían de verdad entre las nubes! Cuando subía la niebla, el castillo desaparecía del mundo, y los moros parecían fantasmas guardando la montaña.
Alfonso Henriques y el caballero de cristal
Pero la historia no se quedó ahí. En 1147, el primer rey de Portugal, Alfonso Henriques, un caballero muy alto y valiente, acababa de conquistar Lisboa y decidió que Sintra tenía que formar parte del nuevo reino. Cuenta la leyenda que no ganó el castillo solo con espadas, sino con valor.
Una mañana, cuando el sol empezó a dar en el granito y a hacer brillar los cristales de la roca, los moros comprendieron que su tiempo en la montaña había terminado. Los caballeros portugueses entraron por las puertas. No todas las historias de castillos necesitan una batalla.
Desde entonces, Sintra se convirtió en el jardín secreto de los reyes y reinas de Portugal. Venían aquí a huir del calor de Lisboa y a escuchar lo que el bosque tenía que decirles.
El rey artista y los árboles viajeros
Ahora prepárate, porque esta es la parte más increíble. En 1838, hace casi doscientos años, un príncipe alemán llamado Fernando, que se había casado con la reina de Portugal y se había convertido en el rey Fernando II, subió a la sierra. No era un príncipe cualquiera: era un artista enamorado de la naturaleza. Cuando vio las ruinas de un viejo monasterio en lo alto, en vez de ponerse triste, empezó a soñar.
Fernando decidió que Sintra tenía que tener el bosque más bonito del mundo entero. Escribió cartas a todos los rincones del planeta: a América, a Australia, a China y a Japón. «¡Mandadme vuestros árboles más raros y más fuertes!», pedía.
Y así llegaron semillas de secuoyas gigantes de Norteamérica, que viven cientos y hasta miles de años; helechos arborescentes de Australia y Nueva Zelanda, que parecen árboles de otro planeta; cedros del Japón que huelen a gloria, y ginkgos de China. Lo plantó todo alrededor de los peñascos de granito y creó un bosque encantado, el parque de la Pena, donde árboles de continentes distintos viven juntos como si fueran vecinos. Cuando estemos allí arriba, intenta abrazar un árbol. ¡Algunos son tan viejos que ya estaban allí cuando nacieron tus tatarabuelos!
El Palacio da Pena: el castillo del príncipe dormido
En lo más alto, en el punto más alto de todos, Fernando construyó el Palacio da Pena. Pero no quería un palacio gris y aburrido. ¡Quería un palacio que pareciera un sueño! Lo pintó de amarillo como el sol y de rojo como el fuego. Le puso torres de todas las formas, azulejos relucientes y ventanas que parecen ojos vigilando el bosque.
Para mucha gente, el Palacio da Pena es como el castillo de un príncipe encantado que estuvo perdido en el tiempo y que, de repente, despertó en medio de los árboles. Es un sitio donde manda la imaginación. Hay monstruos de piedra guardando las puertas (¡el Tritón!), hay pasadizos secretos y hay unas vistas que te hacen sentir dueño del horizonte.
Nuestro reto
Dentro de poco bajaremos del tren y empezaremos a subir. Quiero que estés atento a tres cosas:
- a los cristales del granito (¡busca los que más brillan!);
- al olor de los árboles que vinieron de lejos;
- a las murallas que los moros levantaron entre las nubes.
Ya casi hemos llegado. ¿Estás listo para entrar en la historia?