Más que una piedra que rebota en el agua
2026-10-04

Hace un tiempo leí un artículo en The Sunday Times sobre gente que se va al extranjero en busca de la vida perfecta. Una de esas personas lo describía como ser “like a skipping stone… where, however much I try, I can never drop deep enough” («como una piedra que rebota en el agua… por mucho que lo intente, nunca consigo hundirme lo suficiente»). No me pude quitar esa frase de la cabeza durante días.
Ya voy por mi quinto país, y nunca me he sentido de verdad un nómada. Los nómadas, en mi cabeza, viajan ligeros de equipaje. Yo no lo he conseguido ni una sola vez. Cada vez que me mudaba, quería entender bien el lugar: cómo se habla la gente, qué la hace reír, qué la pone nerviosa, y cómo el paisaje parece dar forma a todo eso.
Francia fueron los Alpes. Es difícil no hacerles caso cuando los tienes al final de la calle. Los inviernos eran de esquí, y los veranos de largos paseos por pueblos que parecían haber decidido, todos a una, no tener prisa por nada. El cambio más grande fue el idioma. Cuando mi francés fue lo bastante bueno para seguir los debates políticos, ideas como la laïcité y la solidaridad social dejaron de ser palabras de libro de texto y empezaron a tener sentido.
Irlanda fue más suave. Y más verde, claro. El Shannon, en Limerick, tenía una calma que el laboratorio nunca tuvo. Después, Dublín era más ajetreado y más variado: canales, cafés llenos, acentos de todas partes, gente que siempre llegaba o se iba. Los irlandeses entienden la emigración mejor que casi nadie, y eso me resultó curiosamente reconfortante. Se puede vivir a caballo entre dos países sin partirse por la mitad.
Australia fue lo que más me cambió, creo yo. Es un lugar grande y abierto, y te quita las prisas. La Navidad en la playa. Viajes largos en coche que acaban en la nieve o en la costa. Barbacoas gratuitas en los parques públicos, donde completos desconocidos asan sus salchichas uno al lado del otro sin que nadie le dé importancia. Y el chocolate caliente con especias de los cafés de Melbourne, que todavía echo de menos más de la cuenta. Lo que empezó como una mudanza temporal acabó en la ciudadanía. Firmar aquellos papeles no me pareció un trámite. Me pareció reconocer que una parte de mí ya pertenecía a ese lugar.
La pega es que cuanto más en serio te tomas cada lugar, más difícil resulta decir dónde está tu hogar. Hay trocitos de mí atados a montañas, ríos, idiomas, bromas y costumbres en lados opuestos del planeta. En varios sitios me siento uno más, y en todos un poco extranjero, incluido, algunos días, aquel en el que crecí.
Aquí, en el Reino Unido, he notado que vuelven las mismas ganas. No quiero solo vivir en un sitio; quiero participar. Apuntarme a cosas, echar una mano, tener voz en cómo funciona mi pueblo. Por eso, en parte, acabé de concejal, que no es una frase que esperara escribir cuando tenía veinte años.
Creo que en esas ganas hay algo de verdad. Buena parte de la vida moderna se parece a dejarse llevar por cosas mucho más grandes que nosotros: trabajos, alquileres, visados, papeleo, algoritmos. Mucha gente va de ciudad en ciudad y de trabajo en trabajo sin apenas voz en nada de eso. Según mi experiencia, sentirse en casa tiene menos que ver con encontrar el lugar perfecto y más con recuperar un poco de control: sobre tus rutinas, tus amistades y el pequeño rincón del mundo que de verdad puedes cambiar. Los lugares empiezan a parecer tu casa cuando has ayudado un poco a darles forma.
Mudarme tanto también me enseñó que estar a gusto cabe sorprendentemente bien en la maleta. Puedes ser desgraciado en un sitio precioso, y puedes construir una buena vida en un lugar que al principio parecía temporal y extraño. Dónde estás importa, pero estar en paz contigo mismo importa más.
Así que he dejado de buscar el país perfecto. No creo que exista, y si existe, el café seguramente es malísimo. Lo que busco ahora es un buen grupo de amigos, rutina, propósito y una comunidad para sentirme en casa allí donde aterrice. Y cada lugar que he querido de verdad ha dejado en mí un trocito de sí mismo. No es mala manera de acabar siendo un poco de todas partes.